Bajo el emperador Shin-nong, 3700 a.d.C., se utilizaban en China las semillas de alholva. A través de la India (se encuentran notas con nombre indios en el antiguo idioma de la literatura india, el sánscrito), Arabia y Persia llegó la planta a Egipto. Aquí formó parte de las plantas más antiguas con propiedades fortalecedoras de la salud y que se menciona ya en las recetas del papiro Ebers alrededor del 1.550 a.d.C. También se encontraron las semillas como regalo en la tumba de Tutankamon. Los brotes frescos de la planta se comían en Egipto como verdura. En la Grecia antigua se llamaba la planta el "trébol de los filósofos" ya que los caballeros de este gremio acostumbraban a masticar sus semillas. En los tratados hipocráticos del siglo 5 y 6 a.d.C y en el propio Hipócrates de la antigua Grecia se encuentra también mención a las semillas de alholva.
Dado a conocer por Hipócrates, la alholva encontró muy pronto resonancia entre los romanos. Al norte de los Alpes trataron los monjes benedictinos de aclimatizarlo en sus jardines monacales y Carlomagno recomendó u ordenó su cultivo en la "Capitulare de villis" (escrita aprox. en el 795).
Una gran resonancia encuentran las semillas como "Fenigrecum" también en Alemania, por ejemplo, por la santa Hildegard von Bingen en el siglo 12 así como por Alberto Magno en el siglo 13. También Paracelso cita la Alholva en el siglo 15.
En la alholva, la semilla, se utilizó tanto de forma interna como tópica.
Las semillas de alholva fueron consideradas desde siempre por las mujeres como producto de belleza ya que entre otras propiedades elimina las impurezas de la piel y la rejuvenece. Así mismo se considera beneficiosa en fricciones externas en caso de caspa en la cabeza y como crecepelo.
|